PROSPER MERIMÉ
Prosper Merimée (1804-1870)
Prosper Mérimée (1803-1870) representa una de las paradojas más fascinantes del siglo XIX europeo: fue un clásico atrapado en un mundo de románticos. Nacido en París en el seno de una familia de pintores, Mérimée cultivó desde joven una erudición fría, un cinismo elegante y un dominio absoluto de la historia y los idiomas. A diferencia de contemporáneos como Victor Hugo, que se dejaban arrastrar por el torrente de las pasiones, Mérimée escribía con la precisión de un cirujano. Fue el maestro indiscutible de la nouvelle (la novela corta), dotando a sus relatos de una tensión narrativa y una economía de palabras que anticiparon la literatura moderna.
Sin embargo, su legado literario es solo la mitad de su historia. En 1834, fue nombrado Inspector General de Monumentos Históricos de Francia. Mérimée dedicó su vida a recorrer el país a caballo, catalogando y salvando de la demolición el patrimonio arquitectónico medieval que la Revolución Francesa había dejado en ruinas. Más tarde, bajo el Segundo Imperio, se convirtió en senador y figura clave de la corte de Napoleón III. Fue un dandy, un arqueólogo, un escéptico y, sobre todo, el hombre que le regaló al mundo el arquetipo literario más universal de la pasión fatal: Carmen.
Curiosidades de Prosper Merimé
Mérimée sentía un profundo desprecio por la obsesión romántica del «color local» y lo exótico. Para burlarse de sus colegas literatos, publicó sus dos primeras obras bajo seudónimos falsos. El teatro de Clara Gazul (1825) se presentó como la obra de una supuesta actriz española, y La Guzla (1827) como una recopilación de baladas populares de un bardo de Iliria (los Balcanes). La broma fue tan perfecta que engañó a toda Europa; ¡incluso el mismísimo Alexander Pushkin tradujo La Guzla al ruso creyendo que eran auténticos poemas populares eslavos!
Aunque la ópera de Bizet la inmortalizó, Carmen (1845) nació de la pluma de Mérimée tras sus prolongados viajes por España. La curiosidad es que Mérimée no se inventó la historia de la nada. Durante una de sus estancias, su gran amiga española, la Condesa de Montijo, le contó la anécdota real de un bandolero celoso de Málaga que había asesinado a su amante. Mérimée tomó esa anécdota criminal, la mezcló con sus estudios sobre el idioma romaní (el caló) y creó el arquetipo literario de la femme fatale libre y trágica.
Si hoy podemos visitar la ciudadela medieval de Carcasona, el Palacio Papal de Aviñón o la Catedral de Notre-Dame de París, es gracias a Prosper Mérimée. Como Inspector de Monumentos, él fue quien contrató al polémico y genial arquitecto Eugène Viollet-le-Duc para restaurar estas ruinas. Mérimée es, literalmente, el guardián de piedra de la Edad Media francesa.
Durante sus viajes a España, Mérimée se hizo íntimo amigo de la familia Montijo y solía sentar en sus rodillas a la hija pequeña de la condesa para contarle cuentos y enseñarle francés. Esa niña, Eugenia de Montijo, se convertiría años después en la esposa de Napoleón III y, por tanto, en la Emperatriz de Francia. Mérimée pasó de ser «el tío francés que contaba cuentos» a ser el consejero privado y senador de la mujer más poderosa de Europa.
Para divertir a la corte de Napoleón III y Eugenia durante unas vacaciones en el Palacio de Compiègne (en 1857), Mérimée inventó un dictado en francés extremadamente difícil, plagado de trampas gramaticales y palabras arcaicas. Participó toda la nobleza y la intelectualidad. El emperador Napoleón III cometió 75 faltas; la emperatriz, 62; el embajador de Austria, 47. El que menos errores tuvo (solo 3) fue el embajador de Prusia, un tal Otto von Bismarck, lo cual hirió profundamente el orgullo nacional francés. A día de hoy, el «Dictado de Mérimée» sigue siendo una leyenda en las escuelas de Francia.
OBRAS
De la pluma del francés Prosper Mérimée (1803-1870) habría de surgir uno de los mayores mitos de nuestra cultura: Carmen, la mujer fatal. El texto principal apareció publicado por primera vez en La Revue des Deux Mondes en 1845, como fruto de los tres primeros viajes de los siete que Mérimée realizó por España entre 1830 y 1863. Ya como novela corta, y con el añadido de un capítulo más sobre las costumbres gitanas en Europa, reapareció con gran éxito en 1847. En la breve historia se nos relatan las peripecias de don José Lizarrabengoa, cabo de dragones del regimiento de Almansa asentado en Sevilla, quien, obligado a conducir a la cárcel a una cigarrera sevillana, acaba rendido por los encantos de la muchacha y, fatalmente, abocado al bandolerismo y contrabando y, por celos, al crimen pasional.
*Literatura Diderot recomienda libros por su valor cultural y divulgativo, sin alinearse con ideologías o religiones. Cada recomendación se basa en obras relevantes para el autor analizado.*
