LA MONTAÑA MÁGICA

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Contenidos

La montaña mágica

Cuando uno otea el horizonte, sumido en una ensoñación casi apolínea, y se solaza con la brisa que roza sus mejillas, está rindiendo homenaje a ese espíritu olvidado que nunca abandonó la montaña mágica.

Esta obra fundamental de Thomas Mann es hoy un clásico de la literatura universal. Tanto es así que su personaje se ha convertido en un héroe silencioso, un atribulado caballero depresivo y vituperado por el tiempo que ha de recuperar su condición humana a través de la enfermedad.

Aquel hombre debe sanar. No hay camino más recto que el torcido, que serpentea por las lindes de la cordillera y se eleva como nuestro espíritu lo hace, hasta las cimas de Davos, topándonos con Hans Castorp y el Sanatorio.

 

[…] sin embargo, el resultado, ante el cual se encontraba en el comedor, podía resumirse diciendo que el abuelo había sido solemnemente liberado de aquella condición de interino en la vida y por fin había regresado a su forma verdadera y digna de él; era un hecho que había que aceptar, a pesar de que el viejo Fiete llorase y moviese la cabeza sin descanso, y aunque el propio Hans Castorp llorara como lo había hecho en presencia de su madre muerta repentinamente y de su padre, a quien, poco tiempo después, también vio difunto, como un extraño mudo para siempre. (p.43)

 

Subir a la montaña

Hans llega al Sanatorio a visitar a su primo Joachim Ziemssen, enfermo de tuberculosis. La relación con su primo fluctúa a lo largo y ancho de la obra, pero es insustancial, porque lo verdaderamente importante es que Hans llega en buenas condiciones físicas al Sanatorio, y permanece en el hasta siete años. En esa horquilla, se permiten el lujo de elucubrar en cuanto al sentimiento de aprehensión del tiempo. No hay mejor forma de explicarlo que con las palabras del propio Castorp:

-Pero, hombre... -replicó Joachim-. ¿Qué te pasa? Creo que te está afectando estar aquí, entre nosotros. -Calla. Hoy estoy muy lúcido. ¿Qué es el tiempo? -preguntó Hans Castorp, y se dobló la punta de la nariz con el dedo tan fuerte que se le quedó blanca, sin sangre. ¿Me lo quieres decir? El espacio lo percibimos con nuestros sentidos, por medio de la vista y el tacto. ¡Bien! ¿Pero a través de qué órgano percibimos el tiempo? ¿Me lo puedes decir? ¿Lo ves? ¡Ahí te he pillado! Entonces, ¿cómo vamos a medir una cosa de la que, en el fondo, no podemos definir nada, ni una sola de sus propiedades? Decimos: el tiempo pasa. ¡Bueno, pues que pase! Pero en lo que se refiere a medirlo... ¡Espera! Para poder medirlo sería preciso que transcurriese de una manera uniforme, ¿dónde está escrito que lo haga? A nosotros no nos da esa sensación, desde luego, tan sólo aceptamos que lo hace para garantizar un orden, y nuestras medidas no son más que puras convenciones, si me permites...

Y es cierto. Es inapelable afirmar que el tiempo transcurre. Pero ¿qué es lo que transcurre? ¿Nosotros? Transcurre él a través de nosotros, o nosotros a través de él. No lo sabemos con certeza, porque la explicación lógica va ligada a la biológica, pero no nos interesa la razón, sino el disenso y la búsqueda del tiempo inmaterial.

 

Somos, en definitiva y como asegura Settembrini, hombres horizontales, que se dejan llevar por la escorrentía vital. En la montaña surgen hechizos benignos que transforman a los hombres. La lucha consciente entre el Eros y el Thanatos, entre ese demiurgo unificador, el doppelgänger definitivo. Aquí todo eso no importará, porque a través de las curas, y de los cuidados al espíritu, este se fortalecerá, en un asenso definitivo propiciando la asimilación de la verdad.

 

 

Hemos de abrazar el cansancio. Hemos de sentirnos vivos a través de la enfermedad. Así lo explica Thomas Mann:

En el fondo constituye una aventura singular esta «adaptación a un lugar extraño, este total cambio de hábitos, a veces penoso, que, en cierta manera, se produce automáticamente pero con la clara intención, en cuanto se haya asimilado (o al poco tiempo), de volver a cambiar y retomar el estado y las costumbres de siempre. Uno interpreta esta fase como un paréntesis, un breve interludio en el transcurso principal de la existencia cuyo fin viene a ser «recuperarse», es decir: someter a un proceso de renovación y cambio al organismo que, por un estilo de vida monótono, corre el peligro o ya está a punto de oxidarse, acostumbrarse mal y volverse insensible. ¿Pero cuál es realmente la causa de ese debilitamiento y esa oxidación del organismo que resultan de la monotonía? No se trata de un cansancio y un desgaste físico y químico, fruto de las exigencias de la vida (pues para remediarlo bastaría con el reposo), sino más bien de algo espiritual: la conciencia del paso del tiempo, que, ante la monotonía ininterrumpida, corre el riesgo de perderse y que está tan estrechamente emparentada y ligada a la conciencia de la vida que, cuando la una se debilita, es inevitable que la otra sufra también un considerable debilitamiento. Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general, se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, «hace pasar el tiempo, es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. Cierto es que la monotonía y el vacío pueden dar la sensación de estirar el momento, las horas, de manera que se hagan largas y aburridas; pero no es menos cierto que, en el caso de grandes o grandisimas extensiones de tiempo, lo que hacen es abreviarlas, neutralizarlas hasta reducirlas a algo nimio. A la inversa, un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerando el conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos transcurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso, que el viento barre y que pasan volando. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando transcurren con una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando un día es igual que los demás, es como si todos ellos no fueran más que un único día; y una monotonía total convertiría hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. La costumbre hace que la con-ciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se ace-lera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva, para rejuvenecer, refortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo y, con ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general. Éste es el objetivo del cambio de aires o lugar, del viaje de recreo: la recuperación que permite lo episódico, la variación. Los primeros días de permanencia en un lugar nuevo transcurren a un ritmo juvenil, es decir, robusto y desahogado, y esta fase comprende unos seis u ocho días. Pero luego, en la medida en que uno se «adapta», comienza a sentir cómo se van acortando; quien aprecia la vida o, mejor aún, quien desea apreciarla, percibe con horror cómo los días se van haciendo ligeros y fugaces de nuevo, y la última semana -por ejemplo, de cuatro- posee una rapidez y fugacidad terribles. Evidentemente, el rejuvenecimiento de nuestra conciencia del tiempo se hace patente al salir otra vez de esta nueva rutina y se manifiesta cuando retomamos nuestra vida de siempre. Los primeros días en casa después de haber estado fuera nos parecen también nuevos, desahogados y juveniles, pero eso es sólo al principio, pues uno se acostumbra más deprisa a la regularidad que a su interrupción, y cuando nuestro sentido del tiempo ya está marcado por la edad, o -y esto es signo de una debilidad congénita- ha estado nunca muy desarrollado, se vuelve a adormecer rápidamente y, al cabo de veinticuatro horas, es como si nunca nos hubiésemos marchado y el viaje no hubiese sido más que el sueño de una noche.

Esta es la historia de Hans Castorp, un joven y modesto ingeniero que llega a un sanatorio ubicado en los Alpes suizos para visitar a su primo. La estancia que preveía corta se dilata en el tiempo y acaba formando parte de esta nueva forma de vida en la que se relativiza el transcurso del tiempo. Sentado en el balcón del sanatorio y envuelto en una manta, Hans reflexiona acerca de la vida, la muerte y el amor. 

*Literatura Diderot recomienda libros por su valor cultural y divulgativo, sin alinearse con ideologías o religiones. Cada recomendación se basa en obras relevantes para el autor analizado.*

El héroe simple

Disculpen estas extensas intervenciones. Pero son necesarias para conjeturar, a través de la palabra, de dónde viene ese poder místico que el humano otorga a la montaña. Vamos a verlo paso por paso. En primer lugar, Hans Casorp es el hombre simple. Un héroe definido del alemán como einfacher Held o Héroe simple. Es un ingeniero naval burgués y acomodado. Sin embargo es una tabula rasa, y sus conocimientos son vírgenes e inmaculados. A partir de él observaremos el crecimiento del personaje, pero no como una novela de crecimiento normal, una de esas bildungsroman que tanto veneramos en Diderot, sino en una invertida.

 

Hans no es el niño que se forma para ingresar al mundo. Él se transforma en la enfermedad, en la inacción y en la lasitud. En la muerte. Luego es expulsado de ello, de vuelta al caos de la Primera Guerra Mundial.

De pronto se encontró transportado a aquel estado primigenio del alma de cuyo arquetipo había surgido un sueño que había tenido algunas noches atrás, modelado después según sus impresiones más recientes. Y fue una sensación tan fuerte, tan infinita, se vio tan enteramente transportado a aquel momento y a aquel lugar del pasado, hasta el punto de perder la conciencia del tiempo y del espacio, que se hubiera dicho que era un cuerpo inanimado el que yacía en el banco, junto al torrente, mientras que el verdadero Hans Castorp se hallaba muy lejos, en un tiempo y un espacio remotos, y además en una situación arriesgada y singularmente embriagadora a pesar de su sencillez...

Tiene su sentido hablar de horizontalidades cuando leemos la montaña mágica. De hecho, es una clara alusión a los que habitan el llano, y rara vez se atreven a ascender la montaña. El plano es el mundo sano, el burgués, el del trabajo, donde el tiempo, como se presupone, es lineal y productivo. Sin sorpresas. La montaña es el tiempo circular, lo inane, y el hedonismo. El causante de este hechizo, o bien llamado también Zauber, es el aire de la montaña, que tiene el poder de disolver el tiempo. Un día se siente eterno y un año pasa en un instante. Los pacientes del tanatorio viven suspendidos en el aire, liberados de la presión del trabajo y del futuro. Por ello, el tiempo que transcurre desde que Hans llega a Davos hasta que lo abandona no es arbitrario. Veámoslo.

 

Dos semanas. Ese era el tiempo que pretendía pasar Castorp en el Sanatorio de Davos-Platz. El mismo que ustedes pueden imaginar que se tarda en viajar de la legendaria ciudad de Troya a Ítaca. Sin embargo, ambos héroes, tanto Odiseo en el trabajo de Homero, como Castorp en el de Mann, sucumben a los encantos de esa cura que les ofrece el tiempo. ¿Cuánto tiempo pasa Odiseo en la isla de Calipso, engañado por el transcurrir de los días? Siete años. ¿Cuánto se extiende la visita de Castorp a su primo? Siete años. Esta catábasis es clara y evidente, puesto que ambos consiguen descender, en un viaje iniciático, hacia la comprensión del individuo en todo su potencial.

 

Bien. Veamos a continuación la carga simbólica de los personajes en la obra con un breve ejemplo de interacción:

Se tomó la libertad de sacar punta al lápiz y conservó tres o cuatro de las virutas rojas en un cajón interior de su pupitre durante casi todo un año; nadie habría sospechado la importancia que tenían. Por otra parte, la devolución del lápız se llevó a cabo de la forma más sencilla, enteramente de acuerdo a las intenciones de Hans Castorp, es más: para cierto orgullo de éste, en su estado de enajenación y euforia por el trato íntimo con Hippe. -¡Toma-dijo-, muchas gracias! Pribislav no dijo nada, se limitó a revisar fugazmente el mecanismo y a guardar el lápiz en el bolsillo... No volvieron a hablar nunca más, pero al menos aquella vez, gracias al arrojo de Hans Castorp, había sucedido... Abrió los ojos, confundido ante la viveza de su ensoñación. «Creo que he soñado -pensó-. Sí, era Pribislav... Hacía mucho tiempo que no pensaba en él. ¿Dónde habrán ido a parar las virutas del lápiz?

Los personajes de la montaña mágica

Presentamos aquí a Pribislav y, sobre todo, a la señora Clavdia Chauchat. Enamorado de ella, Hans le pide prestado un lapicero, muestra de ese fetichismo desacompasado que sufre desde su ausencia en la capital. Desea con fervor unirse a la señora Chauchat, pero esta le es lejana y muy esquiva. Sin embargo, ese amor enfermizo y sensual le sirven de acicate para la tan rebelde solicitud: un lapicero, por favor.

Castorp intenta, a través de este vínculo, establecer una conexión física. Cuando ella lo devuelve, el guarda las virutas del lapicero en su chaleco. Esta es la transformación del Eros. El burgués disciplinado de lo “llano”, sucumbe a la fascinación de la enfermedad y el Eros tan pasivo de la montaña que lo llama. Las virutas son el símbolo físico de su redención a la pasión y a la contemplación. Al tener una parte de ella cerca de su corazón, en el propio bolsillo del chaleco, se siente conectado con esa parte suspendida en el tiempo de Claudia.

Por otro lado, el lápiz se vuelve a mencionar más adelante. Casi al final de la obra, durante la celebración del baile de Walpurgis o de Carnaval, Castorp se le declara su amor a Claudia. Es una conversación que se desarrolla al completo en francés, y que tiene también una gran carga semiológica.

El francés es el lenguaje de la pasión desenfrenada, de la frivolidad, de la ruptura de la reserva alemana y burguesa. El eros desencadenado.

Castorp abandona la razón y el deber, tanto su propio alemán como el latín de Settembrini, porque así desata su emoción descontrolada. Esto conduce al aprendizaje de la enfermedad, a la sensualidad y a la muerte. Este tesoro que representa el lápiz es la parte inasible del tiempo suspendido de Claudia, que ha pasado a su lado y junto a su corazón.

Empleamos el término «desenfreno porque Hans Castorp era perfectamente consciente del carácter irracional de su caso. Pero quien llega al extremo a que él había llegado al que estaba a punto de llegar, desea que la otra parte tenga conocimiento de su estado, por absurdo y descabellado que esto sea. Así es el hombre...

Por otra parte, y ya enfocados en el grueso de la obra, vamos a realizar un barrido por los personajes de la misma. Qué significan y qué aportan a cada uno. En realidad, este tipo de novelas modernistas comparten una serie de caracteres nihilistas que dialogan con el lector. No solo con él, sino a través de él y de los personajes, como es el caso de El inmoralista, de Gide. En la obra de Mann, la filosofía y la política es un elemento que se difunde a través de los personajes protagonistas.

El sanatorio funciona como el Arca de Noé intelectual, donde los hombres y mujeres que la pueblan son los representantes de todas las corrientes ideológicas de la posguerra europea:

Por ejemplo Settembrini es el dilecto ateo humanista y masón, capaz de hablar múltiples idiomas y el elegir el más complejo para comunicarse con los demás. Naphta es claramente el nihilista de la obra, como lo era Ménalque en la de Gide. Krokowski analiza la enfermedad como el amor disfrazado y es el representante del psicoanálisis. El burgués disciplinado, por contraposición, es Joachim Ziemssen, que intenta mantener la disciplina militar en la perístasis del caos.

¿Cuál era en realidad la sensación del joven Hans Castorp? ¿Le parecía que las siete semanas que, demostrablemente y sin duda alguna, había pasado ya entre la gente de allí arriba no habían sido más que siete días? ¿O más bien le parecía que llevaba en aquel lugar mucho más tiempo del que había pasado de verdad?

La confrontación intelectual

Thomas Mann da forma a una novela perfecta y a través de la palabra recrea la ecfrásis definitiva. ¿Qué es esto de la ecfrásis? Muy sencillo. Conseguir trasmitir gracias a las descripciones escritas los sentidos humanos y las escenas que se asimilan a través de ellos. Mann es un malabarista del lenguaje y con su docto estilo alambicado, trasciende el tiempo y el espacio para hacernos sentir las brisas invernales de Davos-Platz.

Los ojos estaban cerrados de una manera poco natural, muy apretados: «Los han cerrado -pensó Hans Castorp-, no se han cerrado por sí solos: a eso se le llama el último tributo, aunque en realidad se hiciese más por consideración hacia los vivos que hacía el difunto». Además, había que hacerlo a tiempo, inmediatamente después de la muerte, pues una vez se forma la miosina en los músculos ya no se puede, y el muerto queda con los ojos abiertos para siempre y así resulta también imposible creer en la muerte como en un feliz «sueño».

Se repiten varios momentos con el anterior, donde Hans debe enfrentarse de nuevo al Thanatos. Pero en esta ocasión, está desnaturalizado y la enfermedad lo ha hecho inmune a los ardides de lo ominoso. La muerte es común y ha de abrazarse si deseamos que Eros triunfe. Hay un claro ejemplo de este pensamiento europeo cuando contemplamos las películas de Luis Buñuel, repletas de símbolos oscuros y terroríficos que no hacen sino dignificar el paso del hombre por la vida y la anuencia hacia la muerte como precio a pagar por tamaño don.

El voto del placer ha de prevalecer sobre el de la muerte. El tanatorio es donde el Eros (la vida y el deseo) y el Thanatos( la muerte y el deseo de aniquilación), coexisten peligrosamente. Alejarse de la burguesía de abajo significa ser atraído por la belleza de arriba, por la tuberculosa rusa Clavdia Chaychat, cuyo amor es sinónimo de ociosidad y enfermedad, lo que irremediablemente lo va a curar de su aburguesamiento.

Deje, deje. Yo soy europeo, un occidental. Esos estadios de que habla obedecen a una clasificación puramente oriental. Oriente aborrece la acción. Lao Tsé enseña que el no-hacer es lo más provechoso de todo cuanto existe entre el cielo y la tierra. Si todos los hombres prescindieran de actuar, reinarían sobre la Tierra el descanso y la felicidad completos. ¡Ahí tiene su encuentro con la divinidad!

Vamos brevemente un ejemplo del disenso dialéctico de que es testigo Hans Castorp durante uno de sus paseos junto a Naphta. En este caso, se habla de la moralidad económica y el enfrentamiento adquiere detalles de confrontación directa entre humanismo ilustrado y nihilismo místico, donde Hans es solo un espectador y objeto de seducción:

¿Me lo pregunta? ¿Acaso escapa a su escuela de Manchester la existencia de una doctrina social que signifique la victoria del hombre sobre el economismo y cuyos principios y objetivos coincidan exactamente con los del reino cristiano de Dios? Los padres de la Iglesia califican «mío» y «tuyos de palabras funestas, y la propiedad privada de usurpación y robo. Han condenado la propiedad porque, según el derecho natural y divino, la tierra pertenece a todos los hombres y, por consiguiente, produce sus frutos para beneficio general de to-dos. Han enseñado que sólo la codicia, fruto del pecado original, invoca los derechos de posesión y ha creado la pro-piedad privada. Han sido lo bastante humanos y enemigos del mercantilismo para considerar la actividad económica en general como un peligro para la salvación del alma, es decir: para la humanidad. Han odiado el dinero y los negocios monetarios y han dicho de la riqueza capitalista que alimenta las llamas del infierno. El principio fundamental de la doctrina económica, a saber, que el precio es el resultado del equilibrio entre la oferta y la demanda, ha sido profundamente despreciado por ellos, como también han condenado el hecho de aprovecharse de la coyuntura para explotar con cinismo la miseria del prójimo. Y aún hay una forma de explotación más criminal a sus ojos: la explotación del tiempo, ese delito que consiste en cobrar una prima por el mero transcurso del tiempo, es decir: los intereses, y abusar así, para ventaja de unos y a costa de otros, de una institución divina y universal para to-dos como es el tiempo -Benissimo -exclamó Hans Castorp que, en su entusiasmo, adoptó directamente la expresión de aprobación de Settembrini-. El tiempo... una institución divina y universal... ¡Qué pensamiento tan crucial! -En efecto -continuó Naphta-. El espíritu de esos hombres considera repugnante la idea de un aumento automático del dinero, han calificado de usura todos los negocios relacionados con la especulación o los intereses del capital y han declarado que todo rico era o bien un ladrón o el heredero de un ladrón. Han ido aún más lejos. Han llegado a sostener, como santo Tomás de Aquino, que el comercio en general, el mero negocio, o sea: la compra y la venta que proporciona un beneficio sin transformación ni mejora alguna del objeto de tales operaciones, es un oficio vergonzante. No se inclinaban a valorar el trabajo como tal, pues no es más que un asunto ético y no religioso, y se realiza en servicio de la vida y no en servicio de Dios. Así pues, en cuestiones que únicamente afectaban a la vida y a la economía, exigían que una actividad productiva fuese entendida como condición de to-da ventaja económica y la medida de la honorabilidad. Eran honrosas a sus ojos las labores del campesino y del artesano, pero no la actividad del comerciante ni del industrial, pues querían que la producción se adaptase siempre a las necesidades y sentían horror por la producción a gran escala. Todos esos principios y esa escala de valores económicos han resucitado, después de siglos de marginación, en el moderno movimiento del comunismo. Coinciden por completo, hasta en la concepción de la soberanía, que reivindica el trabajo internacional frente al imperio del comercio y la especulación internacionales: el proletariado mundial, que ahora opone la humanidad y los criterios del Estado de Dios a la degeneración burguesa y al capitalismo. La dictadura del proletaria-do, esa condición de la salvación política y económica de nuestro tiempo, no tiene el sentido de una soberanía por la soberanía misma y de validez eterna, sino el de una solución provisional del conflicto entre el espíritu y el poder bajo el signo de la cruz, el sentido de una superación del mundo terrenal a través del poder sobre el mundo, el sentido de una transición, de la trascendencia, el sentido del reino de Dios. El proletariado ha hecho suya la doctrina de san Gregorio Magno, en él se ha renovado su fervor religioso y, como también dijera el santo, no podrá apartar sus manos de la sangre. Su misión es instituir el terror en aras del bien del mundo y de alcanzar la salvación última: la vida en Dios sin Estado ni clases sociales.

Naphta representa el nihilismo, la teocracia, el dogma absoluto, por eso se le representa como un jesuita. Pugna por el rechazo total a lo ilustrado y el al individuo burgués. Su objetivo es destruir la base moral del capitalismo y del liberalismo, caricaturizado en Settembrini, contrincante al que ataca con sus vituperios intelectuales.

 

Asocia de manera inteligente el comunismo moderno con el cristianismo primitivo y la doctrina escolástica. Cita a la iglesia condenando la propiedad privada, y hace lo mismo con el comercio la especulación y los intereses de capital.

Por otro lado, Settembrini es el blanco de las críticas y del discurso. Es el representante de todo lo que Naphta aborrece. Se menciona la Escuela de Manchester, referencia al liberalismo económico clásico.

 

Castorp, sin embargo, es el continente virgen de la burguesía europea. Sobre él han de verterse las ideologías y absorber ese conocimiento para confeccionar una personalidad propia. Aunque él siempre sigue su propia doctrina: el tiempo como institución divina y universal. No es de extrañar que las tempestalidades de Gospodinov haya basado gran parte de su trama en este libro.

¿Qué opinan los señores de una declaración de amor sin ninguna esperanza?» Él, por su parte, le daba gran importancia, afirmando que a ello estaba ligada una felicidad indescriptible. Pues, en efecto, el acto de la confesión despertaba cierto asco y comportaba una fuerte humillación; sin embargo, también suponía un momento de total cercanía con el objeto amado, en tanto que arrastraba a éste a la esfera de la confianza total. de la propia pasión, y si con ello, obviamente, se ponía fin a todo, no era menos cierto que el placer desesperado de ese momento único compensaba mil veces tal pérdida sin remisión; ya que la confesión es un acto de violencia, y cuanto más grande es la resistencia que se le opone, mayor es el placer que proporciona.

Conclusiones

Llegamos al final de la obra, y así también del análisis, para saber qué fue de los personajes más famosos de la gran obra de Mann.  Aviso Spoilers. Por su parte, el primo de Castorp, Joachim muere de tuberculosis en el sanatorio. Intentó volver al “llano”, pero fracasó y regresó al sanatorio para morir. No es capaz de escapar del destino de la montaña, y del hechizo que esta lanza sobre los hombres que a su alrededor gozan de la vida.

 

El clima dialéctico de la obra llega con la muerte de Naphta, que se dispara tras un absurdo duelo en el que Settembrini se niega a disparar. Pone fin de esta manera a la lucha ideológica. Su contrario, por lo tanto, sobrevive y sigue vivo cuando Castorp se marcha definitivamente del Sanatorio.

 

Joachim iba a su lado, con la cabeza baja. Miraba al suelo, como si quisiera contemplar la tierra. Era muy extraño: paseaba por allí, tan digno y correcto, saludaba con su gesto caballeresco de siempre a los que pasaban, mantenía el porte y la corrección de siempre... y, sin embargo, pertenecía a la tierra.

Clavdia huye del Sanatorio con Mynheer Peeperkorn, excéntrico magnate holandés que tiene un final abrupto pues termina con su vida antes de que comience la guerra. Pero el desenlace más llamativo es el de Hans Castorp, protagonista de la obra. Hans desciende la montaña para alistarse, pues al final de los siete años de ostracismo estalla la Primera Guerra Mundial. La obra termina con él hundido en el barro, y durante una salvaje carnicería. Muere en la guerra, volviendo al caos del que había intentado huir años atrás.

Sus ojos -dijo Settembrini- se esfuerzan en vano en ocultar que usted sabe perfectamente adónde ha llegado. -Placet experiri -fue la impertinente contestación de Hans Castorp, y el señor Settembrini le abandonó. Después de haberse quedado solo, el joven permaneció todavía algún tiempo con la mejilla apoyada en la mano, sentado ante la mesa, en medio de la habitación blanca, sin echar más cartas y, en el fondo de su alma, conmocionado ante aquel estado desnaturalizado, enajenado en que veía que había caído el mundo, ante la sonrisa del demonio, de aquel dios con cabeza de babuino, bajo cuyo insensato y desenfrenado poder se hallaba; un estado que podía definirse como «anestesia de los sentidos».

Ítem Calificación
1. DESCRIPCIÓN9/10
2. MADUREZ NARRATIVA8/10
3. RIQUEZA LINGÜÍSTICA8/10
4. DESARROLLO DE PERSONAJES / PLANTEAMIENTO DE LAS TESIS Y/O PROTAGONISTAS9/10
5. HISTORIA / TRAMA / CONDUCCIÓN DEL ENSAYO8/10
6. DESENLACE / FINAL DEL ENSAYO8/10
7. DIÁLOGOS / RELACIÓN ENTRE PERSONAJES / CALADO DE LOS PERSONAJES9/10
8. PROFUNDIDAD Y SIMBOLOGÍA8/10
9. UNIVERSALIDAD / IMPACTO EN UNA SOCIEDAD9/10
10. RELEVANCIA HISTÓRICA EN SU CONTEXTO8/10
Total 84/100