LA CARRETERA

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La carretera

Esta no es una obra de zombis cualquiera. De hecho, no hay zombis. Hay algo mucho peor: seres humanos desesperados. No hay nada que genere más pánico a un hombre que otro. De no creer esto, es preciso que me respondan a una pregunta: ¿qué prefieren encontrarse en el sótano de una casa abandonada a las tres de la mañana? Un murciélago, una anaconda, un uro bravo o a un hombre desesperado?

 

Este sentimiento no es algo inusitado. De hecho, es inherente al ser humano, pues dependemos de ese instinto para sobrevivir. La alteridad es un tema fundamental que muchos escritores esquivan, protegiendo su prosa de la reflexión del otro. No es el caso de Cormac McCarthy, que a través de la carretera, nos traslada a ese futuro apocalíptico donde lo importante no es descubrir qué ha pasado, sino analizar hacia dónde va el ser humano cuando la razón ha dejado de tener sentido.

Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.

Aspectos del alma humana

La carretera resonó en el consciente cultural de la época, en una época en la que el miedo y la inseguridad imperaban en la sociedad ante un ataque terrorista, o ante una catástrofe mundial, McCarthy nos ofrece un ensayo de lo que ocurriría ante dicho escenario.

La razón ha abandonado al hombre y solo remanece el espíritu de supervivencia y el instinto carnívoro de aquellos convertidos ya en alimañas. Sin embargo, en este camino, que es prácticamente una liturgia, se escucha la voz del padre, que pesa sobre la del hijo para indicarle el trazado recto, porque él es la única esperanza de la especie humana, al portar el fuego de aquella tabula rasa que cuenta con un pasado libre de prejuicios.

La obra es una auténtica joya simbólica, que pone de manifiesto la muerte del tiempo y la historia. Hombre y niño viajan a través del país buscando refugio. Pero no solo sobreviviendo, sino cargando con el fuego. Esta expresión es baluarte de la esperanza, pues en el fuego reside el resquicio del hombre civilizado, que se aleja del monstruo en que se ha convertido el hombre sin raciocinio.

Miró los escalones de madera basta que bajaban. Agachó la cabeza y luego encendió el mechero y paseó la llama por la oscuridad como una ofrenda. Frío y humedad. Un hedor infame. El chico se le agarró a la chaqueta. Se veía parte de una pared de piedra. Suelo de arcilla. Un colchón viejo con manchas oscuras. Se agachó y bajó otro escalón con el encendedor al frente. Acurrucados junto a la pared del fondo había hombres y mujeres desnudos, todos tratando de ocultarse, protegiéndose el rostro con las manos. En el colchón yacía un hombre al que le faltaban las dos piernas hasta la cadera, los muñones quemados y ennegrecidos. El olor era insoportable. Cielo santo, susurró. Entonces uno a uno volvieron la cabeza y parpadearon a la miserable luz. Ayúdenos, dijeron en voz baja. Por favor, ayúdenos.

Llevar el fuego es la chispa de la humanidad. El hombre, duro y pragmático aceptará los aspectos más viscerales de la vida, porque debe proteger el fuego que portan a cada nueva localización. Pero no se trata de un fuego figurado. El niño es la verdadera llama, la bondad innata, la piedad y la moral, en que reside el código moral del hombre bueno, o los chicos buenos. Se contraponen a estos los chicos malos, o los hombres malos, que devoran personas, anulando el preciado don de la humanidad. No llevan el fuego consigo, y representan la máxima expresión del horror existencial: cuando no hay Dios, ni ley, ni sociedad, el hombre se convierte en depredador de su propia especie y el instinto se impone de verdad.

 

No dejamos de lado el vínculo religioso de McCarthy con la novela, ya que en el hombre, cuyo propósito es único, encontramos al guardián desarmado, al Adán errante que sacrifica su propia alma por culpa de los actos impuros de supervivencia para que el niño pueda conservar la pureza y la limpieza moral.

La carretera, novela galardonada con el premio Pulitzer 2007 y best seller literario del año en Estados Unidos, transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano, un paisaje literalmente quemado por lo que parece haber sido un reciente holocausto nuclear.

En un mundo apocalíptico donde llueve ceniza, un hombre y un chico cruzan a pie el territorio norteamericano en dirección al sur. El hambre es mucho más que una preocupación diaria: es la medida de todas las cosas, y las bandas de caníbales asolan el país convertido en un yermo donde solo la barbarie ha echado raíces. El amor de un padre por su hijo es, sin embargo, la única luz de una tierra que ha perdido a sus dioses. Quizá el fuego de la civilización no se haya apagado para siempre.

*Literatura Diderot recomienda libros por su valor cultural y divulgativo, sin alinearse con ideologías o religiones. Cada recomendación se basa en obras relevantes para el autor analizado.*

Se volvió y miró al chico. Quizá comprendía por primera vez que para el chico él también era un extraterrestre. Un ser de un planeta que ya no existía y cuyas historias eran sospechosas. No podía inventar para gusto del chico do sin inventar también dicha pérdida y pensó que quizá el niño lo sabía mejor que él mismo. Trató de recordar el sueño pero no fue capaz. Solo quedaba de él una sensación. Pensó que esos seres quizá habían venido a ponerle sobre aviso. ¿De qué? De que él no podía avivar en el corazón del niño lo que en el suyo propio eran cenizas. Incluso ahora una parte de él deseaba no haber encontrado nunca este refugio. Una parte de él siempre deseaba que todo hubiera terminado.

La obra no es el Quijote. No nos vamos a engañar. Sobre todo porque contrasta con muchas de las otras creaciones de McCarthy. Nos tiene acostumbrados a una prosa mucho más densa y a una lentitud que roza lo pesado. Sin embargo, la carretera es liviana y muy concisa. Es lacónica en muchos sentidos y prescinde de las acotaciones propias de una novela de este calibre. De hecho, llama la atención la ausencia de comillas, pero esto no hace más que destacar el tono urgente, telegráfico y fatalista de la obra. Nos fundimos en un relato que nos abraza por completo y nos traslada a la carretera, en la que el padre camina con su hijo, buscando un futuro prometedor, donde la nueva vida de los hombres se imponga al instinto animal que ahora reina en los hombres malos.

Ítem Calificación
1. DESCRIPCIÓN6/10
2. MADUREZ NARRATIVA8/10
3. RIQUEZA LINGÜÍSTICA7/10
4. DESARROLLO DE PERSONAJES / PLANTEAMIENTO DE LAS TESIS Y/O PROTAGONISTAS7/10
5. HISTORIA / TRAMA / CONDUCCIÓN DEL ENSAYO9/10
6. DESENLACE / FINAL DEL ENSAYO7/10
7. DIÁLOGOS / RELACIÓN ENTRE PERSONAJES / CALADO DE LOS PERSONAJES7/10
8. PROFUNDIDAD Y SIMBOLOGÍA7/10
9. UNIVERSALIDAD / IMPACTO EN UNA SOCIEDAD7/10
10. RELEVANCIA HISTÓRICA EN SU CONTEXTO6/10
Total 71/100