EL VERANO QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES

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Contenidos

El verano que mi madre tuvo los ojos verdes

Algunas novelas se convierten en clásicos por la calidad de sus líneas, por la riqueza de su lenguaje o porque su historia ha sido cimentada con pasión y ambición. Otros, como el verano que mi madre tuvo los ojos verdes, lo son gracias a la humanidad que dibujan las  expresiones de la autora.  Sus personajes son erráticos y viscerales y el dolor forma parte, como lo es en realidad, de la vida. La Palabra, reconvertida en voraz instrumento, arma mortífera, es ahora utilizada como ariete mortal, como una gran contingencia inesperada.

Yo la habría tirado a la chatarra y habría empezado por el pelo. Solo una cosa desentonaba en toda esta historia: los ojos. Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo. (p. 16)

Y eso es lo que nos hemos encontrado en Tatiana Tibuleac, la prosa de los malditos. Los vapuleados por la vida. Aquellos que han sufrido la pérdida y son víctimas de la autodestrucción. Conviven en ese verano eterno que solo existe en el recuerdo y rememoran el pasado dichoso de los días felices que sirve como combustible a los días aciagos. Este libro está dedicado aquellas personas que han sufrido. En síntesis, está dedicado al ser humano.

Los ojos de mi madre eran un despropósito (p.17)

 

El inicio de la obra

Rezaba para que aquel día acabara cuanto antes. Para que se abriera la tierra y desapareciera mi madre engullida en sus profundidades. O yo. O al menos caminar a través de ella, nacer al revés y, cuando yo no existiera ya, correr todo lo que me permitieran las piernas.

La presentación ya augura una gran obra. La teatralidad no es una opción. Lo malo ocurre y lo que pasa, a nuestro alrededor, es la vida, que nos consume, nos golpea, y nos presenta a personajes agujereados por ella, coladores de pasta cuyos orificios atraviesa la alegría.

Aleksy  es un niño roto. Su madre, su único asidero al mundo que a sus dieciocho años tanto lo ha mecido en exceso. El vaivén de una histeria que nunca termina.

Una banda cálida como una serpiente naranja brotó de mi mano y siguió por mis venas, creciendo e hinchándose. El primer golpe me seccionó. El dolor me cortó como a una lombriz y me dividió en dos cuerpos. El segundo golpe me enrojeció los dedos mezclando los huesos con los cartílagos y haciendo que temblaran rítmicamente, como una guimbarda. El tercer golpe el más consciente habitualmente, pero inesperado aquel día me clavó en la carne una uña que se abrió al instante bajo la piel como una pepita seca. El cielo empezó a plegarse por sí mismo, como una hoja de papel, formando millones de cuadrados vivos y perfectos. La lluvia no caía ya de arriba abajo, sino que empezó a deslizarse en sentido contrario en miles de hilos transparentes organizados en columnas brillantes y tintineantes. La casa bramaba abriendo y cerrando continuamente los postigos y la puerta, y yo la golpeaba sin parar y reía al contemplar cómo la construcción se desmontaba piedra a piedra, como en el fin del mundo. Llovían paredes, restos de madera y cristal, trozos de la escalera maligna, váteres en forma de libélula y palomitas rojas. El mundo entero se desmoronaba y solo mi mano seguía intacta, como un arma. Cuando me encontró mi madre, todo había terminado. Se acostó a mi lado en el umbral, callada y húmeda como una fotografía en proceso de revelado, y empezó a limpiarme con su vestido blanco. Me pegué a ella como una herida a un esparadrapo. Nos quedamos así, yo llorando, ella acariciándome la cabeza con movimientos circulares, como hacía Mika de pequeña. «Tonto, tonto», susurraba mi madre. «Tú no sabes nada, tú no sabes nada», le respondía yo en nuestra lengua.

Aleksy aún recuerda el último verano que pasó con su madre. Han transcurrido muchos años desde entonces, pero, cuando su psiquiatra le recomienda revivir esa época como posible remedio al bloqueo artístico que está sufriendo como pintor, aleksy no tarda en sumergirse en su memoria y vuelve a verse sacudido por las emociones que lo asediaron cuando llegaron a aquel pueblecito vacacional francés: el rencor, la tristeza, la rabia. ¿Cómo superar la desaparecido de su hermana? ¿Cómo perdonar a la madre que lo rechaza? ¿Cómo enfrentarse a la enfermedad que la está consumiendo? Este es el relato de un verano de reconciliación, de tres meses en los que madre e hijo por fin bajan las armas, empleados por la llegada de lo inevitable y por la necesidad de hacer las paces entre sí y consigo mismos. Plena de emoción y crudeza, Tatiana ţîbuleac muestra una intensísima fuerza narrativa en este brutal testimonio que conjuga el resentimiento, la impotencia y la fragilidad de las relaciones maternofiliales. 

*Literatura Diderot recomienda libros por su valor cultural y divulgativo, sin alinearse con ideologías o religiones. Cada recomendación se basa en obras relevantes para el autor analizado.*

Un verano eterno

Los ojos de mi madre lloraban hacia dentro

Vive a la sombra del dolor, mitigado a través de analgésicos y promesas hueras sobre la posible escapada junto a sus amigos a Ámsterdam para acostarse con unas prostitutas.

Odia a su madre. Como muchos adolescentes a su edad. Una salvedad. Él tiene motivos.

Su madre lo sorprende al final el instituto. Un verano tú y yo en el pueblo. Uno en el que me dediques tu tiempo y nos volvamos a querer. Las razones no importan. Su hijo accede. Resulta de gran relevancia la relación pasada entre Aleksy  y su madre, quien parece haber olvidado amar tras la muerte de un ser querido. Dejemos el misterio para aquellos que aún no hayan leído el libro. Háganse un favor y compren el verano que mi madre tuvo los ojos verdes.

Mi madre me llevó al campo de girasoles para anunciarme que se estaba muriendo. Tengo cáncer, Aleksy, un cáncer maligno y rabioso», me dijo, y el día empezó a coagularse en ese mismo segundo. Su sonrisa de tallos rotos. El verde escurrido de sus ojos. Su blanco de nimbo herido.

Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos.

El juego y la muerte

El verano resultan ser las postrimerías de la vida de su madre. Allí donde la luz del sosticio se bulle con poderosa iridiscencia, el amor entre ambos crece exponencialmente. No hay más calor ni sol porque este hubiera arrasado los campos de girasoles sobre los que ambos se sinceran.

La sucesión de episodios narrados por Tibuleac son aparentemente sencillos pero calculados con maestría para oficiar una ceremonia de despedida maternal, en la que el niño se convierte en hombre y no solo se produce su transición al mundo adulto (casi ya adelantada por acontecimientos pasados), sino que se desembaraza de la madre y de ese odio, tan reconfortado ahora por el enamoramiento progresivo que sufre Aleksy.

Callábamos ambos casi gritando, y nuestro silencio era más pesado que cualquier ruido. Sabía que lo que sucediera más adelante ese día y ese verano sería para siempre.

Su hijo crece. Y a veces se convierte en el padre, cuidando a su madre en aquellos momentos donde la debilidad de ella es indecible. También encontramos la mágica escena de los caracoles y su doma. El niño lleva una botella de agua con azúcar que echa sobre la valla y el cemento para que los caracoles la consuman, creyéndose su líder o domador. Incluso su padre.

Luego encontraremos evidente la mención de nuevo a los caracoles cuando es el hijo quien alimenta con un rudimentario biberón a la madre de agua con azúcar.

Una noche, antes de acostarnos, mi madre empezó otra vez con «Aleksy» y yo no tuve fuerzas para detenerla. Me pidió que la perdonara por haberme avergonzado tantos años, por no haberme querido y por haber pensado mucho más en Mika muerta que en mí vivo. Luego me dijo que no golpeara jamás a una mujer en los pechos y que no me pusiera calcetines blancos, como mi padre. Le pregunté por qué ella y Mika tenían los ojos verdes y yo azules.

El duelo

Las despedidas son personales. Y Tibuleac no nos permite asomarnos a ese instante. Quizás porque tampoco son necesarias y la novela está planteada como una gran elegía hacia los ojos de su madre, que se volvieron de color verde el verano que volvieron a creer en el amor y el cariño.

Nos cuesta encontrar una metáfora más hermosa. Quizás su hijo, como nos puede pasar a muchos, no ha caído en la cuenta antes. Hasta que ya es demasiado tarde. Los ojos de su madre siempre tuvieron un velo corrido sobre ellos. Dificultaron su conservación y su respetuosa contemplación a través del dolor, de la pérdida y de la ausencia. Y sin embargo Aleksy  consiguió darse cuenta, el verano que volvió a amar a su madre, de qué color tenía los ojos ella. Los tenía igual que Mika.

Cuando la saqué de la bañera, estaba toda rosa, como un salmón cocido, y solo sus pezones marrones estaban rodeados por unas areolas blancas en forma de zigzag. Le pregunté qué era eso, creyendo que se trataba de algún síntoma de la enfermedad. Sentía curiosidad -aunque me doy cuenta ahora de que no es la palabra adecuada- por el aspecto del cáncer que estaba devorando a mi madre. Estoy seguro de que habrá quien diga que soy un pervertido, que un hombre no puede mirar las tetas de su madre sin sentir asco, y seguramente tiene razón. Sin embargo, después de todo lo que había hecho por ella durante esas semanas, sus pechos eran para mí lo mismo que los talones. Mi madre no eludió la respuesta. Me dijo con tranquilidad que el cáncer no deja huellas externas. Que todo sucede por dentro, la fealdad y la desesperación y el miedo. Que, a la hora de la muerte, los enfermos de cáncer mueren más guapos que nunca. Como ella. Son tus mordiscos -sonrió mi madre mostrándome los pezones mientras la bajaba por las escaleras como un hato de sarmientos. Me mordías como un lobo cuando te daba de mamar. Habría tenido que dejarlo, pero tú mamabas y mamabas, no querías nada más como los otros niños. Te he querido, Aleksy, te he querido como he podido

El verano que mi madre tuvo los ojos verdes es un testamento contemporáneo; una verdadera clase narrativa y emotiva, donde la trama verdaderamente no importa, tampoco la estrategia ni la técnica, solo la pasión, la literatura, el arte, el amor, el dolor, la pérdida, el miedo, la enfermedad, las despedidas, los atardeceres, las flores, los girasoles, los enamoramientos y los que vivimos, que debemos compartir nuestro dolor, aliviando la carga a través de lecturas como esta que nos recuerdan que, en el fondo, todos estamos un poco rotos.

Aleksy, yo tengo una estrella, está en la Osa Menor, al final de la cola. Es pequeña, pero es la más brillante. La veo todas las noches, ella sabe que es mía y me guiña el ojo». Comprendí que se acercaba el final. Mi madre había comenzado en ese momento el viaje hacia el lugar en el que se encuentra ahora. Hacia su estrella en la Osa Menor, hacia su campo de girasoles suspendido en el cielo o tal vez hacia otro universo, donde existe tan solo un Mar Entero de Esmeralda, que de vez en cuando se desmigaja y llega a otros mundos en forma de ojos verdes. «Tal vez se hayan equivocado», le dije yo con un nudo en la garganta. «Tal vez», me respondió tranquila y murió al cabo de una semana.

Ítem Calificación
1. DESCRIPCIÓN9/10
2. MADUREZ NARRATIVA9/10
3. RIQUEZA LINGÜÍSTICA8/10
4. DESARROLLO DE PERSONAJES / PLANTEAMIENTO DE LAS TESIS Y/O PROTAGONISTAS9/10
5. HISTORIA / TRAMA / CONDUCCIÓN DEL ENSAYO9/10
6. DESENLACE / FINAL DEL ENSAYO10/10
7. DIÁLOGOS / RELACIÓN ENTRE PERSONAJES / CALADO DE LOS PERSONAJES9/10
8. PROFUNDIDAD Y SIMBOLOGÍA10/10
9. UNIVERSALIDAD / IMPACTO EN UNA SOCIEDAD9/10
10. RELEVANCIA HISTÓRICA EN SU CONTEXTO8/10
Total 90/100